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Las acciones del funcionario fueron consideradas comunes
a las de otros ciudadanos, lo cierto es que ni el trato ni el manejo
de la situación fue el mismo.
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Hugo de la Cruz Sánchez
El 20 de enero pasado, tres días antes del bochornoso incidente que protagonizó Alberto Ruiz Pérez, regidor de Servicios Municipales, la inspectoría de San Vicente Ferrer escuchó como el funcionario pronunciaba que el progreso educativo era parte importante del desarrollo de las comunidades; que el trabajo honesto, profesional y valiente, hacía grandes ciudadanos. Y tenía razón. Sin embargo, de las palabras a las acciones existen diferentes carreteras que a algunos les hacen perder el camino correcto.
Durante aquel discurso más que retórico, Ruiz Pérez se mostró siempre como la fiel mano derecha del Presidente municipal, en una camioneta color guinda, que sustituía a la tradicional y último modelo blanca, misma que una noche antes había arrollado a un motociclista en la avenida José Garci-Crespo, dejándolo gravemente herido en un hospital privado de la ciudad, del caso poco se sabe. No obstante, ambos funcionarios dieron cátedra de su labor contando anécdotas rutinarias al estilo del gobernador de Puebla, Mario Marín. Frente a ellos, un grupo de personas, con nivel académico menor a la primaria, creían aquellas historias, suponían que eran verdad, hablaban en serio.
La distancia entre la mente y la boca puede ser demasiada, inmensa, casi imposible de coordinar. Las palabras banales generalmente pasan desapercibido, se olvidan con el tiempo y a veces sólo se recuerda apenas la escena que marco el momento.
Por su parte, los hechos son suficientes para adquirir una conclusión, improvisada pero bastante cercana a la realidad. El contubernio de los poderes puede ser mucho, aunque generalmente son los intereses aquellos que prevalecen en un sentido más común, sobre todo para aquellos que no predican con el ejemplo, que hablan en demasía y producen poco.
Entre el cielo y la tierra existe una gran distancia, distancia tal vez similar a la de la mente y la boca, probablemente, no existe unidad de medida que pueda definirlo, lo cierto es que cuando los pies se despegan de la tierra, la razón florece en el cielo, particularmente cuando se rodea de un contexto bastante diplomático, mecánico y falso.
Lo correcto, explica Milan Kundera en su libro “La insoportable levedad del ser”, es apegarse al polvo de la tierra esperando una mejor respuesta de la planeada, pues después del alboroto, seguramente no la habrá, más aquella que se que aferra al suelo como si el polvo no hiciera estornudar.
Habrá que preguntarles a las personas que aquel jueves 20 de enero que escucharon el discurso promovido por ambos políticos, qué piensan de las incoherencias de la vida, de los hombres y de los políticos sometidos.

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