Hugo
de la Cruz Sánchez
El barrio de Loma
Bonita, en Eloxochitlán, amaneció aquel sábado con un vecino menos. No tenía
nombre aún, era un recién nacido débil e indefenso que apenas sentía el calor
en los brazos de su madre, los mismos brazos que decidieron ponerle punto final
a su existencia.
Se llama Teresa,
se apellida López Temoxtle y hoy, 8 de marzo, forma parte de un festejo
internacional por el simple hecho de ser mujer.
Ella no es
destacada ni talentosa, mucho menos empresaria o líder en la sociedad, es, únicamente,
mujer. Y eso le da derecho de contar su historia.
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Esta mujer cumple una sentencia y su caso está, casi,
en el olvido por las autoridades.
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Recluida en el Cereso de Tehuacán, Teresa, la madre asesina, cuenta sobre las primeras horas de ese 26 de noviembre del año anterior. Dice que su labor de parto comenzó temprano y que el bebé no tardó en ver la luz en un humilde colchón que aún prevalece en su casa.
Ángel, como le han
contado que lo llaman sus demás familiares por ser un inocente, fue producto de
la infidelidad de Teresa. Las averiguaciones en su contra señalan que el deceso
del menor se produjo a manos de la mujer, que a toda costa, buscó no enterar a
su marido -radicado en los Estados Unidos- sobre su embarazo.
Cuenta Teresa a
sus 29 años que está arrepentida de lo que hizo, "es mejor la mala vida
afuera, que la buena vida aquí adentro". Su rostro mal comido lo dice casi
todo, una crisis nerviosa y un inmenso remordimiento son parte de su
existencia, esa nueva existencia que comenzó a forjarse cuando decidió asfixiar
a su hijo en el interior de su casa.
Ella es Teresa,
otra cara de mujer a la que se le da duda del festejo. Lo demás... ya es
historia.

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