En
los pasillos de hospitales hay un mal silencioso diferente a muchos otros que
ahí se atienden, se trata de un abrumador ‘fantasma’ que pocas autoridades se
atreven a ver. La violencia obstétrica es el pan de cada día en las salas de
expulsión en Tehuacán; un legado que ha convertido el parto placentero en una
utopía generalizada. Lo documentan los expedientes, pero lo cuentan ellas: las
madres que lo viven, las víctimas que casi nadie escucha.
Hugo de la Cruz Sánchez
Malparido
(relato uno)
Carmen
y Ricardo cruzaron la calle para abordar una colectiva que ya los esperaba en
la esquina. Los dolores en el vientre de la mujer de apenas 22 años de edad
anunciaban la llegada del segundo hijo a su matrimonio.
–Mejor
nos vamos en taxi–, insistió Ricardo cuando notó que ella caminaba lento.
Levantó la mano en señal de no; la ruta de transporte aceleró y se fue. Ricardo
en realidad no tenía dinero para el taxi, se trataba únicamente de una
expresión moral en apoyo de su esposa. Pagando sólo 25 pesos, después de mucho
regateo, un taxista los trasladó al Hospital de la Mujer en la comunidad de San
Lorenzo Teotipilco. Pero esa vez, ese 7 de septiembre de 2013, el destino les
preparaba una inusual experiencia.
Cuando Carmen llegó a la clínica, inaugurada dos meses atrás por el gobierno del estado, una de las recepcionistas valoró su expediente y le pidió que esperara al médico.
Momentos
antes, personal de enfermería la habían corrido del inmueble porque ingresó por
la puerta incorrecta; era la primera ocasión que visitaba la clínica, era la
primera evidencia de violencia obstétrica.
La
embarazada no despegaba las manos de su abdomen y caminaba con dificultad.
–Sí aguanto–, contestó Carmen cuando Ricardo
le preguntó si le dolía mucho. Casi una hora después, en medio de dolores y
quejidos, un médico cuestionó a la mujer sobre su condición. La encaminó al
área de Tococirugía. –¿Qué tienes?–, fue lo último que escuchó Ricardo y el
doctor cerró la puerta.
Era
casi mediodía y sin un diagnóstico certero, o por lo menos informativo, el
médico regresó a la joven a su hogar. Aún no era momento.
–¿Qué
dice?–, preguntó el esposo. –Me hizo tacto–, respondió ella con una expresión
de dolor que le enchinaba la piel al hombre.
Él
no quería irse de la clínica pero Carmen le dijo que eran indicaciones del
especialista, y entonces partieron.
Ricardo
Tehuintle le dobla en edad a su esposa, es divorciado y procreó dos hijos antes
de vivir con su ‘Chata’, como le dice de cariño desde que la conoce.
–Yo
digo que mejor nos regresemos–, replicó en el trayecto el hombre de estatura
baja que usa gorra casi siempre porque no le gustan las canas de su cabeza.
Aquel
sábado el matrimonio decidió volver al hospital por la tarde, nuevamente en
taxi pese a su precaria condición económica, pero esta vez el conductor no se
conmovió, cobró 80 pesos el viaje que salió de la bolsa de un amigo de
Ricardo.
***
Carmen
Oseguera es la hija mayor de una familia de muy escasos recursos que vive desde
hace 54 años en Tehuacán. En su casa los techos son de lámina y los pisos de
tierra. Maderas, costales y cartón
fungen como vidrios de las ventanas. Esta casa, pequeña como muchas, cálida en
verano y fría en invierno, luce polvorienta y en silencio casi siempre.
Cuando
uno llega al hogar de Carmen, un perro da la bienvenida a golpe de ladrido. –No
muerde–, dice Asunción León, madre de la joven.
–¡Sáquese,
órale!–, le grita la mujer cincuentona al animal en medio de un manoteo que
sólo lo enfurece más.
En
ese domicilio de la colonia México Sur, en Tehuacán, el invitado debe aceptar
un vaso de Coca- Cola casi por ley, es una muestra de aprecio y valoro para
quien llega de visita.
Asunción
y su esposo Juan conocen la pobreza desde que nacieron. Él albañil, ella ama de
casa, juntos levantaron su vivienda en un terreno que pudieron pagar poco a
poco. En esa misma casa comparten cocina, sala y baño con Carmen y
Ricardo.
***
![]() |
| Jesús, Ricardo, Juan David y Carmen. (De izquierda a derecha) |
Durante
el embarazo, Carmen no experimentó mayores problemas y las molestias fueron
mínimas.
–Se
le antoja un elote–, bromeaba su marido de vez en cuando con el pretexto de ser
él quien comiera los elotes con mayonesa, chile y queso que venden a unas
cuadras de su casa por las noches.
Ella
acudía cada mes a su control de maternidad en el Centro de Salud para evitar
complicaciones, lo hacía también para no perder su afiliación al Seguro
Popular.
Pero
ya entradas las cinco de la tarde de ese sábado de septiembre, nada fue tan
bueno.
La
preocupación invadió a Ricardo; ella no dejaba de quejarse y una que otra
lágrima ya escurría por sus mejillas reflejo de un dolor indescriptible.
Ahí
en el hospital, el hombre insistió al recepcionista sobre el estado de su
esposa.
–No
hay doctores–, le contestó un trabajador detrás de la ventanilla que tiene
grabada la leyenda: Trabajamos por tu salud.
Los
dolores siguieron mermando a Carmen que continuaba recargada a la pared sin
poder moverse.
–Voy
al baño de volada–, avisó Ricardo. A los
pasos del hombre siguieron los de su mujer.
–¿Qué haces aquí?, este es el baño de hombres–, le dijo. –Es que el de
las mujeres está descompuesto y quiero hacer pipí–.
El
miedo de Ricardo creció aún más cuando Carmen le mostró su toalla sanitaria
llena de sangre sobre el inodoro.
Ambos
salieron una vez más a insistir a la recepción sobre su estado.
–¿Le
duele mucho?–, volvió a cuestionar el recepcionista sin despegar los ojos de su
computadora.
–Pues
sí amigo, no estás viendo cómo está–, replicó Ricardo señalando a su esposa que
tenía el rostro morado por falta de aire. Sus manos temblaban y un sudor frío
recorría su cuerpo.
La
escena era estremecedora; dos mujeres, familiares de pacientes, se acercaron a
Carmen para preguntarle cómo se encontraba.
–¡Ya
se va a aliviar!–, gritó una de ellas a modo de presión.
Ricardo
suplicó: –Dale chance pasar; tú que estás allá dentro diles que ya no aguanta–.
El recepcionista ni se inmutó.
Apenas
dio tiempo a Carmen de acercase a su esposo por el pasillo del hospital y
susurrarle al oído “yo creo que ya va a nacer”, lo dijo entre quejidos y sin
fuerzas para seguir de pie.
–¿Ya
qué?–, preguntó él en tono desesperado.
Carmen
no respondió, sólo se aferró al brazo de su marido y un tierno llanto anunció
lo inevitable.
Esas
cosas de la naturaleza que no entienden de displicencia humana, de omisiones
médicas, de negligencias burocráticas.
–¡Dios
mío!–, exclamó Ricardo. –¡Ya ves hijo de tu pinche madre, te dije!–, volteó a
decirle al recepcionista en una expresión de contraste divino y coraje que sólo
se ven en momentos como esos.
El
parto tuvo hora, ahí, en pleno pasillo y con múltiples pacientes como
espectadores. El recién nacido se atoró con la ropa interior de Carmen.
Un
tumulto de personas rodeó inmediatamente a la joven. Fue una mujer de edad avanzada la que le
recomendó a la joven tirarse al piso para evitar que el niño cayera.
–¡Ayuda,
ayuda!–, se gritaba en el pasillo del hospital. Nadie sabía qué hacer y una
persona tendió un suéter en el suelo para que se colocara al bebé; el charco de
sangre en el piso hacía más impactante la escena.
El
recepcionista salió entonces de su trance oficinista, asomó la cabeza por el
vidrio que divide el pasillo y pidió apresurado el apoyo de los doctores y las
enfermeras. Volvió a sentarse.
Minutos
después una doctora salió del quirófano casi corriendo y cogió al bebé del piso
aún con el cordón umbilical ligado a su madre. Una enfermera apoyó en el
momento y un camillero asistió sin mucho quehacer.
–Si
les están diciendo que ya va a nacer por qué no hacen nada–, encaró una mujer
indígena al personal médico en ese momento.
–No,
vamos a denunciarlos. Que vengan los de la tele a ver qué dicen–, apoyó alguien
más en el lugar.
Aún
con el bebé en los brazos, la doctora se excusó en que eran demasiados
pacientes para tan poco personal de asistencia. Madre e hijo ingresaron a la
sala de urgencias y no se supo de ellos hasta el día siguiente. Un mes después
se volvieron famosos, a la mala, pero famosos al fin. El nuevo miembro se llamó
Juan David.
***
La
violencia obstétrica se vive diariamente y de forma sistemática en las salas de
atención ginecológica de Tehuacán. Aunque el de Carmen Oseguera León siga
siendo un caso estandarte, en el país no han habido más que disculpas de palabra
del Sector Salud.
De
hecho, en el volumen 19 de la revista de la Comisión Nacional de Arbitraje
Médico (Conamed), publicada a inicios de este año, los especialistas en el
tema, Joquina Erviti y Roberto Castro incluyen en su artículo de opinión el
caso poblano que se convirtió en noticia mundial. Lo califican, junto al de Irma López (mujer
que parió en el patio del Centro de Salud de Jalapa de Díaz, Oaxaca), como la
muestra más clara del fracaso de una estrategia de salud que necesita ser
analizada urgentemente.
En
ese sentido, la Conamed informó que entre 2009 y 2011 han sido concluidas 17
investigaciones sobre quejas en casos de atención gineco-obstétrica, en los que
se observó evidencia de mala práctica y maltrato hacia mujeres.
No
obstante, aunque suele incluirlos en sus reportes, la Conamed no ha emitido
hasta este 2014 una resolución para estos casos. Simplemente porque no hubo
denuncia por escrito.
Malparido
(relato dos)
En
el televisor de Anet “Lo que la vida me robó” era la telenovela preferida. Los
protagonistas Angelique Boyer y Sebastián Rulli controvertían sobre su amor
aquella noche del lunes 10 de marzo, pero Anet no terminó el capítulo.
Un
dolor en el vientre la doblegó primero en la cocina donde está la única televisión
de su casa. Otro más en el baño, y ya no aguantó.
A
sus 20 años la joven que hace tortillas todos los días para apoyar a su madre
enfrentaría su primer parto.
Los
nueve meses de gestación de Anet habían transcurrido junto a un comal, tres
botes de masa y una prensa para tortillas.
Caída la noche, Lorenza, la madre de la chica, actuó conforme a su
instinto de mujer.
–Vámonos
al hospital, ‘orita’ agarramos un taxi–, ordenó un tanto nerviosa. Como pudo,
Pedro, el esposo de la joven, encontró un auto de alquiler. Había salido a la
calle únicamente con calcetas en los pies, pues acababa de llegar de un partido
de futbol rápido.
El
Hospital General de Tehuacán era la parada obligada. Ni Anet ni Pedro gozan de
seguridad social, sólo ella está afiliada al Sistema Universal de Salud en
México: el Seguro Popular.
Los
dolores incrementaban poco a poco. Anet tiene sobrepeso pero dice que esa ha
sido su complexión desde que era niña. Es directa y generalmente mal hablada,
“educada sólo donde debe”, dice a pesar de no haber terminado su educación
secundaria.
En
el nosocomio el movimiento es inmoderado. No por nada nacen en este lugar el
mayor índice de bebés en todo el estado de Puebla. Aproximadamente 800 cada
mes, 26 por día en 120 camas, según el reporte de la Jurisdicción Sanitaria 10
de Tehuacán.
–¡Anet
Martínez Oseguera… Anet Martínez Oseguera!–, gritó una enfermera como
apresurada desde la sala de urgencias. Lorenza tuvo que registrar a su hija en
esa área porque los consultorios ya no están disponibles a esas horas de la
noche. Al escuchar su nombre la joven se
acercó recargada de su esposo.
–Nada
más ella, si se queda ahorita le dan su cosas–, replicó la enfermera. –Súbete rápido si te duele mucho–, le dijeron
a Anet en un pasillo donde habían improvisado varias camillas. Los gritos de
otras mujeres son el pan de cada día ahí. Eso estremeció a la joven. –Pero no
puedo subirme, me duele mucho–.
En
un parto es más probable morir que salir sana y salva, al menos eso era lo que
había leído en alguna ocasión la mujer primigesta que empezaba a gritar por
esos dolores cada vez más tensos.
![]() |
| Anet, víctima de violencia obstétrica. |
–No
hay ginecólogo ahorita, te voy a atender yo mientras. ¡Abre las patas
mamacita!–, le dijo una doctora de apellido Muñoz a la joven.
–No
me hable así por favor–, contestó Anet tartamudeando.
–Ésta
se apellida Oseguera también, como la que parió en el piso. ¿Qué es tuyo?–,
cuestionó una mujer de bata blanca con cubrebocas y cofia. –Mi prima–, le dijo
Anet desquiciada por tanta plática.
–¡No
‘mija’!, yo no atiendo a mujeres conflictivas como tú y tu prima–, replicó la
doctora y se fue.
Anet
se sentía la más humillada de las pacientes. Otra enfermera le advirtió que era
mejor que dejara atenderse; el cambio de turno en la clínica llegó y con éste
otro doctor.
El
tiempo pasaba y el dolor también. La joven yacía recostada hacia su derecha
sobre la camilla que temblaba. El nuevo especialista entró con tres muchachos
más y sin dar las buenas noches levantó la bata de Anet.
–Tú
primero Irvin, ¿cuánto tiene?–, cuestionó el médico a uno que parecía ser su
alumno y que realizaba su primer tacto vaginal. Pasó el siguiente y otro más.
Ninguno acertó en el diagnóstico. Todos se fueron y no regresaron.
El
dolor de Anet era evidente después de numerosos tactos; el colmo llegó cuando
la enfermera que la atendía presionó su abdomen que generó un llanto
deliberadamente provocado en ella.
–Te
digo, que te hagan cesárea mejor–, le volvió a decir la mujer de sanidad.
Anet
objetó cualquier otro intentó por atenderse, al grado que el doctor regresó más
tarde con el esposo de la chica y con una hoja de la Secretaría de Salud para
que firmara su negativa y así poder deslindarse de cualquier complicación. –Se
te va subir el bebé y pues si se te muere ni modos. Es más, a lo mejor ya tiene
retraso mental o va nacer con un defecto–, le dijo el galeno.
Ella
accedió a firmar la hoja y se marchó con sus dolores.
***
Anet
apellida Oseguera por parte de su madre, es prima- hermana de Carmen, la famosa
mujer que parió en el piso de un hospital en Tehuacán. Y con ese estigma tiene
que cargar ella también.
Aún
recuerda cómo se enteró de su embarazo. Parada frente a una lavadora comenzó a
sentir mareos que cada vez se hacían más constantes. Algo andaba mal.
Lorenza,
su madre, es una mujer de pueblo orgullosa de su origen. Enojona casi siempre,
crío a sus cuatro hijos con la rectitud que ejerce el cinturón, y cree que
estuvo bien.
A
esa exigencia le temía Anet, por eso pidió a una amiga comprarle una prueba de
embarazo que resultaría positiva, pero cuando el quinto mes llegó, ya no pudo
ocultarse más.
–Con
lo gorda que está ni parecía embarazada–, le dijo Lorenza al resto de sus hijos
cuando descubrió que iba a ser abuela. Evelin, la hermana menor de Anet, tiene
grabados en la memoria los golpes que su madre le propinó a su hermana.
–¡Hija
de la chingada, yo aquí de pendeja moliendo y ustedes de pinches putas!–, fue
la expresión de una Lorenza envuelta en coraje.
Anet
corrió a la cama, se acurrucó como pudo y una manguera azotó sus piernas y
brazos por casi 20 minutos. Vaciado el coraje de la mujer de trenza larga que
ha utilizado mandil toda la vida, la calma y el llanto prevalecieron en su
hogar.
Pedro
se presentó semanas después para responder por sus actos. Sólo se llevó una
cachetada y desde entonces surgió un apreció muy particular por él en la
familia.
–Yo
los quiero como a mis hijos–, les dijo Lorenza a los jóvenes y se soltó en
lágrimas abrazada de los dos.
***
Al
haber salido del Hospital General por un mal trato, Anet pasó el resto de la
madrugada pálida y con problemas para respirar.
Apenas
el Centro de Salud abrió sus puertas la mañana del martes 11 de marzo, ella
acudió con el doctor que había llevado su control durante los casi nueve meses.
El
médico la envió devuelta al Hospital General en calidad de urgente dadas las
señales de parto. Pero la doctora de la noche anterior interfirió para que no
la atendieran. Tuvieron que pasar otras dos horas para que un ginecólogo por
fin le prestara el servicio.
–Tranquila
hija, el bebé tiene que nacer–, comentó por fin un especialista sereno antes de
iniciar su trabajo en un quirófano donde el olor a sangre está impregnado hasta
en las paredes y el sarro es notorio en los percheros que sostienen las bolsas
de suero.
Lo
que Anet vivió aquella noche le han hecho creer que la violencia obstétrica
proviene principalmente de su mismo género. Una especie de contradicción
natural que no termina de entenderse y explicarse del todo.
Abril
nació la tarde de ese 11 de marzo sin complicaciones en su salud, pero su madre
quedó seriamente lastimada física y psicológicamente.
–Ya
no vas a poder volver a tener hijos–, le anunció el doctor antes de firmar su
alta.
Anet
lloró. Sigue llorando.
Sobre la tipificación del delito de violencia obstétrica, cabe señalar que en Puebla se han presentado 34 iniciativas de reforma para determinar la violencia obstétrica como delito, pero hasta el momento no se han aprobado.
***
Un
reporte del Grupo de Información de Reproducción Elegida (GIRE), aplicado de
abril de 2007 a enero de 2013 y emitido este 2014, revela que a nivel federal
la Secretaría de Salud (SS) y el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS)
informaron que no cuentan con datos estadísticos sobre acusaciones por
violencia obstétrica. El Instituto de Servicios de Seguridad Social para los
Trabajadores del Estado (ISSSTE) reportó que para el período 2009-2012 ha
recibido 122 quejas por malos tratos y negligencia médica contra mujeres en el
marco de la atención gineco-obstétrica.
De
acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2010 en el país, siete de cada 10
mexicanas de más de 15 años han tenido al menos un hijo vivo, lo que indica que
71.6 por ciento de la población femenina con vida reproductiva en el país ha
necesitado atención médica.
La
Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) recibió también 122 quejas
relacionadas con malos tratos y negligencia médica durante la atención del
embarazo, parto y purperio en el período 2009- 2012, a partir de las cuales
sólo se emitieron cuatro recomendaciones: tres fueron aceptadas y dos
parcialmente cumplidas. Un índice por demás bajo, si se considera el alto
número de quejas en relación con las recomendaciones emitidas.
***
‘Aunque
salga caro, pero aquí no vuelvo’
Se
llamará Sofía, al menos en esta historia. Prefiere no revelar su identidad que
poner en riesgo la integridad de su bebé. Por lo demás es libro abierto.
No
supera los 30 años de edad y le implora a Dios todos los días porque este bebé
sí se logre.
Eso
es lo que le advierte Rubén, su esposo, si no quiere que la deje.
–A
mí me das un hijo–, le habría dicho él hace casi dos años. Lo que Rubén no
termina de comprender es ese período de renovación femenina después de haber
perdido un hijo.
Sofía
se embarazó al primer año de vivir con su esposo tras un noviazgo de apenas 10
meses. Un ultrasonido reveló que un niño llegaría a sus vidas muy pronto. Era
el año 2013 y la vida para este par de jóvenes apenas comenzaba a tener forma.
Rubén
es brigadista en la antigua estación de ferrocarril en Tehuacán. Huérfano de
padre, es parco y de mentalidad muy cerrada. Ella trabaja en una maquiladora de
ropa desde que abandonó la secundaria.
Ambos
tienen jornada laboral larga y sólo se ven por las noches. Eso mismo ha
demeritado su relación al grado que él casi no le habla. Eso también la hace
sospechar a ella, y no para bien.
Sofía
no deja de pensar en lo que viene. Tampoco en lo que pasó.
Apenas
en noviembre pasado cumpliría su sexto mes de gestación, pero una supuesta
anomalía le cambió la vida. Supuesta porque hasta el momento sigue sin
comprobarse.
Aquel
día, común en su vida, Sofía había pedido permiso en su trabajo para acudir al
control de maternidad en el Sector Salud.
Como
de costumbre en la burocracia de sanidad mexicana la consulta tardó.
–Qué
crees, tu bebé ya tiene que nacer; se puede morir–, le dijo un doctor a la
joven en un consultorio sin practicarle un ultrasonido ni nada por el
estilo.
–Pero
si apenas voy a hacer seis meses–, contestó perpleja.
El
médico y otras dos enfermeras no dieron mayor alternativa. Una de ellas pidió
una ambulancia en calidad de urgente al Hospital General, otra más le quitó la
ropa y le ayudó a ponerse una bata más gris que blanca.
Sofía
no tuvo tiempo ni siquiera de avisar a sus familiares sobre su situación.
Parecía que todo estaba planeado y a torreta encendida una ambulancia la
trasladó al nosocomio.
–¿Qué
me van a hacer?, yo no me siento mal–, insistía ella a bordo de la unidad,
mientras un camillero le canalizaba medicamento. Nunca hubo respuesta.
Cuando
arribó al hospital pasó encamillada al quirófano. Su único consuelo era que su
hijo estaría bien.
–Va
a tener que ser cesárea porque el bebé se te está muriendo–, le dijo una
doctora que jamás volvió a ver.
Ella
preguntaba desesperada qué era lo que pasaba, quería una explicación de algo
que ni sentía, ni veía, ni imaginaba.
–¿Señorita, qué tiene mi bebé?–, le preguntó a
una enfermera mal encarada y entonces el sedante cumplió su efecto.
Al despertar de su trance, un doctor le esperaba
con la noticia: –Tu bebé no se logró–. Así de simple, así de sencillo.
Sofía no tenía fuerzas para llorar, se sentía
mareada y con demasiada hambre.
Pensó por un momento que se trataba de un sueño
que le había robado la ilusión de ser madre tan rápido. No dijo nada.
Casi dos horas después, hasta que ella pudo
despertar por completo, el médico le explicó que su hijo había sufrido una
asfixia, nació muerto y estaba en análisis.
Estuvo internada en la clínica hasta el
siguiente día, cuando ya sus familiares la esperaban.
–No me van a dar el cuerpo de mi bebé-, preguntó
la mujer aún desconsolada. La mandaron nuevamente con el especialista y éste
jamás apareció.
La oficina de Trabajo Social le indicó que
volviera al día siguiente por sus documentos. Eso es historia.
Sofía estaba desgastada por la operación, así
que fue su madre quien acudió al hospital por el certificado de defunción de su
nieto. Pero el documento afirmaba que el bebé había nacido vivo. El cuerpo
jamás fue entregado.
Un mes después, la familia de Sofía notó el
error en la papeleta. Acudió al hospital y sólo le dijeron que era eso: un
error. La obligaron a marcharse.
Ha pasado más de medio año y Sofía sólo imagina
a su bebé. Se le quiebra la voz cada que habla de él. Ahora está embarazada
nuevamente y jura que no volverá a ese sitio que le robó a su hijo.
–Aunque me salga caro, pero me alivio en
particular–, afirma.
Sofía es parienta también de Carmen Oseguera y
Anet Martínez, ambas son sus primas paternas.
Ella es una víctima más del fantasma de la
violencia obstétrica que ronda a su familia y que camina con bata y cofia por
los pasillos de los hospitales. Por increíble que parezca.
Todos los días ella le pide a Dios por este
embarazo, por su nuevo hijo varón que viene en camino y por el amor de Rubén
que cada día se aleja más.
***
La violencia obstétrica sigue siendo un
paradigma en las instituciones de gobierno, obedece a un marco legal que apenas
comienza a crecer y que actualmente no tiene fuerza para aplicarse, al menos
así lo indica el consejero de la Sociedad Médica, Samuel Rodríguez Serrano.
“Hablamos de violencia obstétrica desde el
momento en que a la paciente se le realiza la episiotimía sin previo aviso o
cuando se le manipula para practicarle una cesárea”.
El especialista calcula que un 90 por ciento de
los embarazosos experimenta algún tipo de violencia, ya sea de manera física o
verbal que exponen la condición de las pacientes. Ni las continuas quejas al
Sector Salud, IMSS e ISSSTE han sido suficientes para regular estas acciones
durante la gestación. Solamente Chiapas y Zacatecas han sido las entidades que
han tipificado dicha actividad en sus códigos penales.
Durante el año pasado ninguna de las
dependencias de Salud en Puebla reportó quejas por violencia obstétrica, todas
quedaron establecidas y documentadas como “controversias” y “posibles
omisiones”, según constan tres solicitudes de información hechas en 2013 y de
las cuales sólo una se respondió.
En efecto, la Sociedad Médica de Tehuacán
tampoco ha recibido quejas de este tipo en sus oficinas.
“No tenemos conocimiento de algún caso, pero es
una situación que estamos tratando para evitar repercusiones legales a colegas
y también trabajamos con la población para que puedan defender sus derechos”,
coincide el consejero Rodríguez Serrano.
Malparido (relato tres)
Un pollo enchilado y ponche, esa era la
conclusión a la que había llegado la familia Oseguera León para la cena de fin
de año en 2011. En esta casa la Navidad sabe a melancolía, a noches de frío, a
recuerdos que ya no volverán.
Carmen Oseguera tiene los pies hinchados, su
embarazo casi no le permite moverse. Es primigesta y no sabe bien de esas
cosas.
Ella picaría la fruta para el ponche de Año
Nuevo, lo hubiera hecho si su parto no se hubiese atravesado justo un día antes
de la cena.
El 30 diciembre de 2011 su primer hijo decidió
llegar al mundo. Ricardo, su esposo, no está muy emocionado, pero hay que
reaccionar.
Para ese tiempo en Tehuacán no había hospital de
especialidades, la región sólo contaba con un nosocomio de segundo nivel que
atendía de todo: fracturados, diabéticos, accidentados, embarazadas, gripas. De
todo.
–Aguanta ‘Chatita’ ya vamos a llegar–, le habría
dicho Ricardo a Carmen camino al hospital. Desde su hogar en la colonia México,
ella se movía a pie para su control hasta la clínica porque el pasaje había
encarecido.
Como en la mayor parte de las burocracias en
México, los últimos días del año sólo existen guardias, y el Sector Salud no es
la excepción. Al menos no lo fue ese día en que los dolores invadieron el
cuerpo de la joven de 20 años de edad.
Carmen respiraba por la boca aceleradamente. Las
enfermeras lo notaron, pero le dijeron que esperara. El médico había salido y
además atendería a otras dos parturientas que habían llegado primero que ella.
–Di que ya no puedes–, recomendó Asunción a su
hija Carmen. La ausencia del médico alcanzó las ocho de la noche.
Carmen tenía cuatro horas esperando, aguantando,
soportando lo que el Génesis bíblico advierte a las mujeres al momento de dar a
luz.
–A ver Carmen pásale–, apoyó por fin una
enfermera. Le pidió que se quitara toda la ropa y le entregó una bata. Le ayudó
a subir a una cama y se marchó.
Era la hora de la cena y le dijo que esperara un
momento en lo que el bebé se acomodaba. –Me duele un montón–, agregó ella con
el ceño fruncido. –Sí, pero el doctor yo creo que apenas va a llegar–, acotó.
Un grupo de cuatro enfermeras se apostaron a
escasos 10 metros de la cama de Carmen; comían tamales y atole en platos de
unicel. Nunca voltearon la mirada, jamás preguntaron nada a las pacientes.
Reían entre ellas.
Carmen esperó inmóvil casi 35 minutos más sobre
la cama. Lloraba y sudaba.
Creía que eso era un parto y por su cabeza pasó
el pensar no volver a tener hijos.
Ahí, sola, sus oídos se ensordecieron por la
presión. Apretó sus manos y pujó por simple instinto.
Abandonada, como un animal en un corral, la
mujer escuchó un llanto quedo. Su hijo había llegado, estaba en medio de sus
piernas que temblaban.
Pidió ayuda sin fuerzas y sin que la escucharan.
Otra mujer internada enfrente de su cama hizo como que no veía.
Después de unos segundos de shock Carmen decidió
gritar con todas sus fuerzas.
Una enfermera corrió por el pasillo, levantó la
cortina de plástico y no creyó lo que veía por un momento. –No mames, ya nació–
alcanzó a escucharse en el lugar. El resto de las asistentes corrieron. –¡Háblale al doctor!–, indicó una.
Uno, dos, tres minutos y el médico se hizo
presente. –Doctor la muchacha ya no aguantó, pero ya cortamos el cordón–, dijo
una de las mujeres al ginecólogo que repentinamente apareció detrás de la sala
de expulsión.
Como una burla del destino y ante el asombro de
Carmen. Jesús, como le llamó su madre porque lo considera un milagro, nació
solo, desprotegido, olvidado. No lloró más que una vez y de inmediato lo
llevaron a un cunero. La mamá durmió profundamente. Dos años después, otro
milagro volvería a darle un hijo.
***
Carmen es una mujer tímida desde siempre. Tiene
un problema de dicción que le impide pronunciar con claridad. Es la mayor de
una familia de cuatro hijas y no terminó la primaria.
El dinero escasea en su casa casi siempre. Nació
un mediodía de mayo y no recuerda haber tenido juguetes ni un poco de
diversión.
Comenzó a trabajar desde los once años en una
tienda que estaba cerca de su casa, ahí realizaba labores de limpieza y despachaba
para los clientes.
El auge de las maquinadoras textiles en Tehuacán
estaba llegando a su fin, pero aún daban trabajo. Eso fue lo que le dijo una
conocida a Carmen para que se animara a ir a “pasar trabajo”, así le conoce a
las personas que clasifican la prenda para los costureros en una fábrica de
ropa.
Ya con 16 años, Carmen aportaba a su hogar 300
pesos a la semana, el resto, 100, eran para ella. En las textileras de la
región, “pasar trabajo” se encuentra al final del organigrama, incluso ser intendente
o vigilante está por encima. El salario era de 400 pesos a la semana si es que
se cumplía con la puntualidad. No hay seguro ni prestación alguna.
Carmen es morena y de cabello corto. No se baña
todos los días porque en su casa no hay agua potable. Usa los mismos pantalones
dos o tres veces a la semana; blusas y playeras también.
En esa maquiladora conoció a Ricardo, un hombre
bajo de estatura que viajaba en bicicleta todos los días. Se enamoró de él, no
le importó que fuera ‘separado’ y con hijos. Su historia de amor había
comenzado.
***
60% PARTOS EUTÓCICOS
38% CESÁREA
2% PARTOS DISTÓCICOS
Distribución porcentual por tipo de parto en México. (Inegi 2010)
***
Carmen, Anet y Sofía tienen algo más en común
que ser simplemente parientas, ambas han sido víctimas de violencia obstétrica
en diferentes etapas de su vida. Un mal que es difícil de superar cuando la
propia cultura te rebasa; “es nuestra cruz por ser mujeres”, dicen con
normalidad las tres jóvenes por separado.
La anterior es la percepción de muchas mujeres
violentadas en las salas de parto de cualquier institución pública (incluso
privadas, pero en menor medida).
Mediadoras de la vida, las mujeres en Tehuacán,
y seguramente en todo México, no sólo son víctimas en casa, en el trabajo, en
la escuela. Adolecen extra a los patrones biológicos de su propia naturaleza,
tienen además que lidiar con el humor, la apatía y el sinsentido de otras
personas, profesionales de la salud, según sus propias palabras.
La violencia nos ronda incluso antes de nacer,
es un mal autóctono que nadie puede negar. Y ellas, las mártires de ese
‘fantasma’ clínico no saben qué es, pero algo en su interior las motiva: al
menos a Carmen y a Anet con sus hijos en brazos; a Sofía sólo con el recuerdo
de lo que pudo ser.
Se saben víctimas, pero prefieren que todo quede
ahí. Así, como si nada hubiese pasado.
Lo que importa en este momento es que sus hijos
estén bien, aunque sea malparidos, pero bien.






No hay comentarios:
Publicar un comentario