Hugo de la Cruz Sánchez
Nadie
puede llegar a las aulas siendo un experto ni en el conocimiento ni en la
impartición del mismo, los profesores hemos visto como un reto la conversión de
guías a ser potenciadores de capacidades que resultan complejas, eso mismo nos
ha encasillado en la idea de impartir una educación con un matiz tecnológico
casi en su totalidad, aunque de por medio se corran riesgos que devalúen
nuestra función primordial de educar.
Y
ante el planteamiento de mejora en la educación, las interrogantes no son
nuevas: ¿cuál debe ser el perfil adecuado del docente?, ¿cómo puede el profesor
lograr una educación de calidad de acuerdo a su formación y experiencia? Las
respuestas pueden ser hipótesis que uno mismo asume y dispone frente al grupo.
La subjetividad es un factor de mucho peso y las estrategias implementadas para
unos pueden no serlo para otros; el quehacer del profesor entonces vuelve a una
posible solución de origen: el docente debe ser multifuncional,
multidisciplinario y adjudicarse cualquier otro adjetivo sobresaliente. En
pocas palabras el maestro debe ser un ente con capacidades de instrucción
abundantes, según las necesidades de cada persona que tiene enfrente.
La
lectura de Carlos Ornelas Navarro y la encuesta realizada a profesores de
distintos niveles en Estados Unidos muestran un preámbulo en el que ya están
trabajando muchos docentes del mundo. Por un lado, el panorama propuesto a
inicios de la década de 1990 no es tan distante de nuestra realidad, al
contrario, revela y confirma las carencias que como formadores de personas
tenemos y que no logra subsanarse del todo, pese a los intentos de algunos.
Es
indudable pues pensar que la docencia se transmita de forma lineal o estática,
las necesidades de cambio no sólo impactan en el alumno, sino también en el
docente. Los profesores de este nuevo siglo deben entonces ser capaces de
asimilar, en primer término, las necesidades de los estudiantes respecto del
entorno social. Una persona que entiende (o al menos interactúa positivamente
con su entorno) puede ser partícipe del conocimiento.
La
web y sus cambios han sido la mejor herramienta de instrucción; sin embargo, la
displicencia de algunos colegas a utilizar estos métodos novedosos puede llegar
a ser perturbador e inquietante, y sobre esa idea hay que trabajar para su
desecho, no sólo por consideración propia, sino por exigencia de quienes acuden
al salón de clases.
Previsto
desde hace unos 20 años, la imagen del docente que pueda manejar más de un
idioma y que se interrelacione con el bien común a través de sus conocimientos,
siempre dará un valor extra. Dominar campos de la matemática (como ciencia de
primera y absoluta necesidad), pero además de conocer también la cultura, la
historia, la política y las situaciones generales del mundo, podrán ser un
cúmulo solidario de información que se aprecie en el aula.
El
segundo texto es una apreciación evidente que bien sabemos aquellos que tenemos
responsabilidad frente a grupo. Las capacidades tecnológicas son una influencia
directa y elemental para el correcto aprendizaje de los alumnos de esta
generación, y seguramente lo hubiese sido en generaciones pasadas de haber
tenido a primera mano las herramientas de su tiempo con tanta apertura; las
exigencias –por otra parte– de los mismos estudiantes y los retos que se crean
para evidenciar nuestro conocimiento son otra constante que habrá que superar para
no evitar descalificaciones en el camino.
De
los 10 puntos planteados, que por demás son indispensables, descartaría
únicamente aquel que tiene que ver con la masificación de redes sociales. Las
necesidades y condiciones están repartidas en las miles de aplicaciones
digitales que existen, es por ello que no encuentro sentido a darle utilidad
académica a espacios que de origen no están destinados a eso.
Casos
como Facebook o Twitter son el mejor ejemplo, para mí, de la poca voluntad
tanto de profesores como de estudiantes para mejorar los entornos de educación
tecnológica. Siempre será, por supuesto, de mayor gusto trabajar con las
herramientas que te facilitan el conocimiento, aunque las dos redes sociales
mencionadas antes no me parecen del todo encajar –aún– en la arquitectura de la
formación, sobre todo cuando las demás actividades de esa red social resulten
distractoras.
Lo
cierto es que el saber conjuntar conocimientos y habilidades tecnológicas
podrían permitir el crecimiento y esfuerzo de cada individuo dentro del aula, y
al ser tantas las competencias existentes dentro del sistema educativo,
permitirá a todos estar en primer lugar alguna vez (al fin y al cabo eso es lo
que se busca). Así pues, tanto los educadores como los educandos podemos
construir grupos cooperativos efectivos, en los que no sólo todos alcancen los
resultados esperados, sino que también permita adquirir roles protagónicos a
todos los pertenecientes al grupo, porque hay que recordar que vivimos en una
sociedad jerárquica y necesitamos que sea así, el sueño utópico de que seamos
todos iguales y que todos tengamos lo mismo no es real ni lo será nunca, es en
el grupo donde nacen los líderes y los seguidores, ninguno es más importante
que el otro, pero cada uno ocupa su lugar en esta sociedad.

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