Hugo de la Cruz Sánchez
Anacrónicos,
atrapados en un frenesí tecnológico con el que no pueden: así se declaran
cientos y cientos (incluso miles) vivientes de esta época de auge digital.
Pero, ¿por qué la displicencia?, ¿es un problema en realidad? Para poder
entender a profundidad los efectos de la era del Internet, tenemos que
comprender también que la tecnología es parte de nuestra cultural material, esa
que desarrollamos como un crecimiento intelectual de nuestro curso social.
En este mismo proceso tenemos que contar con los usuarios de dicha tecnología, los que se apropian de ella y la adaptan, hasta los que no son capaces de interactuar ni un minuto siquiera, cualquiera de las dos posturas es aceptable. Sin embargo, no se puede negar la trascendencia del Internet en nuestras vidas, como tampoco se pueden negar aquellos desarrollos tecnológicos que han hecho más feliz nuestra existencia (la música, el cine, la educación, por ejemplo), más cómoda y más rentable.
La
aparición de la Internet es posiblemente lo mejor de la generación que nos ha
tocado vivir (en todos los sentidos), infinidad de personas tienen hoy mucho
más acceso a la red que a los libros u otros archivos de consulta de forma
rápida y económica relativamente; son ‘efectos colaterales’ de diversas
plataformas al servicio de la sociedad.
Podemos
decir que la evolución de las herramientas digitales constituyen un reto cada
día, lo que hoy es nuevo para nosotros será en unos meses obsoleto para las
nuevas generaciones. Vivimos una era cambiante y acelerada que genera miedo
entre las sociedades, pero vivimos con mayor dinamismo y vivimos siendo
protagonistas de las cosas de la Internet, ese podría ser un gran consuelo si
se mira desde una perspectiva alentadora nuestra función como desarrolladores
de la misma.
Cambios
tan transcendentales como la llegada de la web 2.0 nos han ayudado a mejorar los
contenidos de interacción y han dado a la Internet una mejor funcionalidad que
hasta entonces se había recibido, incluso es emocionante pensar que esa
situación se encuentra justamente evolucionando ahora para sorprendernos en
unos cuantos años.
Es
innegable en ese sentido creer que la educación no se ha visto afectada, y es
que posiblemente sea uno de los primeros rubros de incidencia digital. Nuestro
conocimiento ha ido evolucionando gracias a las máquinas, hemos abandonado el
mundo ordinario para convertirnos en operadores del trabajo pronto y continuo, pues
finalmente la tecnología siempre ha sido la voluntad del hombre, una voluntad
complacida con el poder y con aquellas cosas inimaginables en positivo y
negativo.
En
ese mismo orden de ideas, es preciso afirmar también que los beneficios de la
web no han llegado como se esperaba, hay quienes dicen que han sido inferiores
incluso, la consideración está puesta por dos motivos según mi criterio: porque
la brecha digital sigue siendo enorme en el país (pobreza), y porque algunos
beneficios se han visto contrarrestados por los riesgos que se corren, nótese el
aumento de las desigualdades, el exceso de mercadotecnia y el surgimiento de
monopolios que han condicionado tanto o más que el propio Estado.
No
es posible para nadie omitir los juicios que se viven respecto de esta era, me
refiero al surgimiento de esas grandes expectativas sobre la necesidad de hacer
o dejar de hacer ciertas acciones por tener de por medio a la tecnología. Que
no sea así en ningún campo y mucho menos en el educativo, más cuando resulta
obligación nuestra reconfigurar los modelos pedagógicos empleados hasta el
momento.
Los
quehaceres de la vida son diversos que sólo falta aceptar como fórmula válida
nuestra función como personas y la utilidad incuantificable de la Internet, de
gestar esos apoyos individualizados y
tomar en cuenta el cúmulo de necesidades que tenemos a la par de las
capacidades que desarrollamos.

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